jueves, 23 de septiembre de 2010

Homofonía.

Me dirigí al Bar por mi atajo habitual. Ahí se halla junto al haya del exterior, el hatajo de gandules que tengo por amigos. “¡Hay que beber menos!” – les digo. “¡ay! eso mismo querría mi señora” – me responde Pablo, el más alcohólico del grupo.
Diálogos de besugos, conversaciones que son un auténtico sinsentido. Puros ingenieros de bar.
Antonio reconocía tener la bacía vacía, puesto que es muy pulcro en su higiene personal y en lo que al material del aseo respecta.
Pablo, botellín de cerveza en mano, se extrañaba cuando lo tildaban de basto cuando llamaba a las mujeres putas, en su vasto significado de la palabra.
Y por mi parte, exclusivamente me dediqué a contar que cabe la posibilidad de errar al herrar. Sapiente yo, puesto que soy de un pueblo tradicionalmente dedicado a la extracción y manipulación del hierro.
¡Por cierto! Me olvidaba de Enrique, se había ido antes ya que era justo la hora en la que ora. Muy devoto practicante él.

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